Textos y artículos
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Cuando llegué al Hospital, no entendí muy bien por qué las mujeres que vamos a parir debemos entrar por la Sala de Emergencias. Una va tan feliz a tener a su bebé y ahí hay un montón de personas enfermas, algunas con padecimientos graves, que llegan internarse. Me dio un poco de miedo que me contagiaran –a mí o a mi bebé-, porque una va a tener su bebé, tierno y chiquitito. Me tuve que quitar todo lo que llevaba, hasta mis calzones; quedé apenas con la batilla que me dieron. Luego la lavativa, ¡Qué horrible! A mí nunca me habían puesto eso; dicen que es para que una no se vaya a “hacer” mientras está teniendo al bebé, pero a mí no me gustó ni me preguntaron si estaba de acuerdo. Nada más “póngase de medio lado, aguante” y punto. Después empiezan con los tactos. A cada ratito llegan a hacerlos y eso duele mucho. Cuando una está con las contracciones no quiere que le estén metiendo los dedos. Claro, a veces una quiere saber si está avanzando, pero creo que a mí me hicieron demasiados demasiadas personas. Si todo sigue avanzando ¡que dicha! Porque si no, le ponen el pitocin que dicen que acelera que duele más, y hasta es peligroso para el bebé. Cuando llega el momento y sentís que ya viene, si una es primeriza siempre dicen que todavía no, que todavía falta. Luego, cuando se dan cuenta y te dicen que sí viene, te llevan a otro lado, a la “sala de expulsión”. ¿Qué feo nombre, verdad?, como si fuera a expulsar cualquier cosa y no se tratara del bebito que has cargado por tanto tiempo y ya estás desesperada por conocer. Aquí viene la peor parte: hay que subirse en una camilla altísima, que tiene unos estribos para subir las piernas; quedás totalmente acostada, con las piernas para arriba, abiertas y sin poder moverte. Todos los que participan en el parto con mascarillas,
haciendo barra: “puje, respire, puje, respire”. Yo sentía que así
no podía, que quería estar en otra posición, pero
no me dejaron. Les rogaba, les decía que así no iba a poder,
por más esfuerzo que hacía (y yo sé que el bebé
también), hasta que me hicieron un piquete del tamaño de
la catedral y sacaron a mi bebé. Me lo pusieron un ratito sobre
mí, pero rapidito se lo llevaron. No me dieron chance de vernos
a lo ojos, y sentirlo y verla todo, de abrazarlo y tranquilizarlo, porque
tenían que limpiarlo y a mi sacarme la placenta y coserme el piquete.
Esta mujer no fue víctima de toda la cascada de intervenciones que puede recibir cuando entra por la puerta de emergencias de un hospital. Es apenas una experiencia (considerada como un parto “normal” o “natural”) de entre miles de mujeres que a diario van a parir a nuestros hospitales, llenas de ilusión. Sin embargo, el parto y el nacimiento pueden ser diferentes, un hecho satisfactorio para madre y bebé; seguro, sano y agradable. El problema es que no lo sabemos. Las madres salen del hospital con una gran insatisfacción y deseos de no volver a poner un pie en el hospital, porque se sienten maltratadas y abusadas por las rutinas o procedimientos casi carcelarios en los partos. Las intervenciones realizadas en el caso antes mencionado no tienen ningún respaldo científico; por el contrario, múltiples organizaciones y agencias internacionales que han investigado a fondo estas prácticas han demostrado que pueden ser traumáticas e incluso peligrosas para las mujeres y sus bebés. Algunas mujeres pueden tener mejores grados de satisfacción; tienen condiciones especiales, no tuvieron que vivir las situaciones de la mayoría de mujeres o se sintieron acompañadas y apoyadas en la experiencia; eso facilitó e hizo más llevadero el parto en el hospital. Es necesario conocer nuestros derechos y luchar porque nuestras vidas
y las de los y las bebés sean respetadas. Debemos velar por la calidad
de los servicios de salud: no sólo contar con infraestructura, personal,
equipos, instrumentos y medicinas para realizar intervenciones en los partos,
sino, y sobretodo, que exista mayor sensibilidad por apoyar a las mujeres
en tan importante proceso, dejar que fluya normalmente el parto, dar atención
concreta a las necesidades específicas de cada mujer y dejar que
ella protagonice su propio proceso en un ambiente tranquilo y cálido
junto con las personas que ella quiera a su alrededor. Esas son algunas
de las recomendaciones que han hecho diversos organismos y profesionales
en la atención del parto (OMS, CLAP, Sheila Kitzinger, Michel Odent,
Caldeyro-Barcia, Henci Goer) y los movimientos de humanización del
parto que cada vez surgen con mayor fuerza en todo el mundo. La mayoría
de las intervenciones que se practican rutinariamente en los hospitales
de nuestro país carecen de respaldo científico. Es necesario
conocer esas prácticas y exigir al personal y autoridades en salud
mayor responsabilidad en la atención de los partos.
Situaciones peligrosasLos tactosPueden ser muy peligrosos para la protección natural de la mujer y su bebé. En primer lugar existe la posibilidad de que se rompa la fuente, y esto aumenta el riesgo de infecciones. Este procedimiento es doloroso, incómodo y humillante para las mujeres. Además, en los hospitales hay mucho personal involucrado en la atención de los partos; en consecuencia, una mujer puede recibir una cantidad exagerada de tactos del médico, la enfermera obstetra y diversos estudiantes de turno. Se cree que es la única forma de saber si el proceso está avanzando; sin embargo, es posible tener un parto sin tactos. Hay muchas otras señales importantes que muestran el avance del proceso, por ejemplo cómo se siente la mujer, su conducta, los sonidos que hace, los movimientos, sus posiciones, la frecuencia de las contracciones.Es importante informar a la mujer con anterioridad acerca de los tactos, cuáles son sus riesgos y sus beneficios. También es necesario señalar que durante el “control prenatal” no es necesario realizar tactos; esto causa riesgos innecesarios, como la ruptura de la fuente y sus consecuentes riesgos de infección. Lo más importante es que a la mujer le hagan un tacto cuando ella misma lo solicite; es decir debemos tener la información necesaria para poder tomar nuestras propias decisiones acerca de lo que queremos y no queremos que nos hagan. La posición acostada (litotomía)La mayoría de autoridades en el campo de la obstetricia (médicos, enfermeras y parteras) que se han preocupado por investigar y mejorar la atención de los partos, y muchas mujeres consultadas coinciden en que la posición acostada es la peor posición para el parto.Esta posición no permite a la mujer oxigenarse y oxigenar a su bebé de manera adecuada; por tal causa existe riesgo tanto para la madre como para su bebé. No permite la apertura máxima del canal vaginal y genera una cantidad de intervenciones innecesarias en el parto como el piquete y el uso de fórceps, entre otras. Estar acostada sobre la espalda y con las piernas hacia arriba crea una posición que va en contra de la gravedad; existe una pequeña curvatura en el canal vaginal que hace que su bebé y usted tengan que hacer un esfuerzo especial para salir “hacia arriba”. Al pujar, “empuja” a su bebé hacia fuera, pero al estar en esta posición lo hace hacia el perineo (la parte que está entre la vagina y el ano). Por eso la mayoría de partos en posición acostada requieren piquete, porque es prácticamente imposible que su bebé salga de esta manera. La posición ideal para el parto es la que la mujer elija; puede ser de cuclillas, de medio lado, sentada (existen sillas especiales), de pie sosteniéndose por algo o alguien, en cuatro patas. La comodidad debe ser para la mujer y su bebé, y no para el personal de salud que está allí con el propósito de apoyar y ayudar a la mujer a que tenga el parto en las mejores condiciones posibles. El piquete (episiotomía)Esta es una de las intervenciones que merecen más criticas. Se ha demostrado de manera contundente su total ineficacia y peligrosidad para las mujeres. Acarrea un sinnúmero de riesgos, tales como excesiva pérdida de sangre, formación de hematomas e infecciones. No hay evidencia de que reduzca el riesgo de desgarres profundos (trauma perineal severo), mejore la recuperación perineal, prevenga el trauma fetal o reduzca el riesgo de incontinencia urinaria. El piquete no evita desgarres; más bien los facilita. Se ha puesto en evidencia que los desgarres profundos son casi exclusivamente extensiones de las episiotomías. La mayoría de los piquetes tienen un alto riesgo de infección; muchas mujeres sufren infecciones dolorosas y tienen lentos procesos de recuperación de los tejidos, de su bienestar y de su sexualidad.La posición acostada sobre la espalda durante el parto aumenta el uso de la episiotomía, probablemente porque el perineo está demasiado estirado. Existen técnicas para reducir el riesgo de desgarres que han sido convenientemente evaluadas. Se ha demostrado que son efectivas, como sucede el masaje prenatal del perineo, la lenta expulsión de la cabeza del o la bebé, sostener el perineo, extraer los hombros uno a la vez y, por último, no realizar episiotomías. Qué podemos hacerA continuación se presentan algunas sugerencias importantes y cambios que son necesarios si se quiere comenzar a generar experiencias más satisfactorias, y a permitir que cada persona que participa en el proceso de parir y nacer desempeñe el papel que le corresponde.
Amplia información y trato respetuoso
La atención prenatal debería incluir elementos para prevenir
complicaciones y promover la salud óptima de la mujer embarazada,
con información precisa y sugerencias prácticas acerca de
la salud mental, la buena nutrición y el ejercicio. Estas medidas
son mucho más eficaces que las rutinas actuales, como el ultrasonido
y los tactos vaginales; estas prácticas no promueven la salud óptima
e implican riesgos en el desarrollo del embarazo y la salud del feto, y
refuerzan la dependencia y el miedo de las mujeres en un proceso que, desarrollado
correctamente, puede llegar a ser altamente satisfactorio y reivindicador
de su vida.
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