El segundo en que maté al Pepe Mujica

José Mujica en 1987
Crónica. Fernando Francia. Tengo el revólver. Lo tengo en las manos. Es un calibre 22. Hacía unos segundos, mientras estaba concentrada con mi comandante alguien nos interrumpe y me da el arma. En ese instante que me lo dan para limpiar, ¡pum! se dispara. Al frente mío está José Alberto Mujica Cordano. Sí, el Pepe, el de Uruguay, mi comandante. Quedo estupefacta. Se me dispara el revólver. ¡Ay!, no sé qué decir ni a dónde mirar. Me pregunto: ¿acabo de matar al Pepe Mujica?

Vivimos hoy los convulsos años setenta y yo, María Esther Francia, ya soy viuda y estoy clandestina. Desde hacía varios años me había unido al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T) y ahora, con 18 años, soy una militante más, de los cientos de jóvenes que nos unimos día a día a las filas revolucionarias en la guerrilla urbana más espectacular de América Latina, tal como lo definiría años más tarde el historiador Eric Hobsbawm.

Los días en esta casa de seguridad en los alrededores del Mercado Modelo, en Montevideo, son todos más o menos iguales. Pero no todos los días viene nuestro comandante. Es martes de tarde y converso con él sobre temas de estrategia y táctica militar, especialmente sobre la seguridad de esta casa que me ha tocado cuidar. Por mis características de mujer joven y por ya tan temprano estar clandestina, es decir, escondida y sin mi identidad real, me dan tareas “pesadas”: en este caso la vigilancia está a mi cargo desde hace unas semanas.

Momentos antes de que se disparara el arma, estoy conversando con Pepe. Él, cómo comandante del sector militar de la columna 10 de la organización, visita las distintas casas, centros y locales donde operamos. Hablamos de qué hacer en las próximas horas, me da indicaciones de cómo enfrentar lo que se vendría. Mujica condensa muy bien la estrategia política con la militar en esa época, lo que no muchos compañeros de la dirección logran con sincronía.

- Tenés que estar muy atenta, hay mucha gente que tiene los ojos en lo que está pasando acá, en esta casa, nos están vigilando, me dijo con su tono conspirativo, pero sin perder su sonrisa pícara.

El Pepe me ha citado para conversar. Habla pausado, mira profundo. Yo, atenta, lo escucho. Además de tomar nota mental de todo lo que me dice, tengo algunos asuntos que plantearle. No era siempre que había esta oportunidad de hablar con alguien de la dirección. Y no quería perderla. De ahí que estuviera muy concentrada sin atender ninguna otra cosa.

Yo sé quién es el Pepe. Conozco a mi comandante de hoy, al guerrillero, a quien se juega la vida por sus compañeros. Pero no sabía que había nacido en 1935 en el seno de una familia de escasos recursos en los alrededores rurales de Montevideo. Con influencia de su madre y su tío, Pepe participó en el Partido Nacional, conservador y nacionalista, fue coordinador de la Juventud de ese partido y trabajó de cerca con el diputado Enrique Erro de la misma divisa. Años más tarde acompañó al diputado en la formación de un partido de corte socialista que no consiguió más que el 3% de los votos.

Sí sabía que en 1965 había participado en la fundación del MLN que nació como un grupo de autodefensa de los movimientos sociales. Aunque la dictadura militar comenzará años más tarde, ya en los años sesenta se vivía una época de militarización y represión sin precedentes en la historia del país. En la creación del MLN lo habían acompañado notables figuras como Raúl Sendic, Eleuterio Fernández, Andrés Cultelli, Julio Marenales, Jorge Manera, entre otros que hoy conforman la dirección de la organización.

Pero yo no pienso en ellos. En el momento en que se dispara el arma no pienso en nada. Por mi cabeza no pasa tampoco que habría que sustituir al Pepe tras este trágico incidente que estamos protagonizando ahora, en esta casa de seguridad, donde no deberíamos tener riesgos. Mujica, como el resto de los compañeros fundadores, sintetiza una acción política producto de las injusticias, de la represión, del clima político de Uruguay un par de décadas antes de la dictadura militar. Todos ellos, y todos nosotros, son producto de esta sociedad que vivimos hoy, la uruguaya del siglo XX. Ahora, en 1970 aún no estan presos, aún no son rehenes, aún no están exiliados.

Tampoco pienso en lo que nos tiene aquí en este momento, en la crisis económica o la desatada represión del gobierno o la inconformidad rebelde de la juventud que encarnamos bien. En Uruguay, la década de los años cincuenta se caracterizó por el surgimiento de una crisis económica producto, principalmente, de los cambios internacionales de la post guerra. Los años sesenta profundizaron esa crisis y se llegó a una importante devaluación monetaria a mitad de la década que generó desempleo y pérdida de poder adquisitivo en la población. En 1967 el presidente Jorge Pacheco aplicó medidas económicas de choque con congelamiento de salarios, también implantó las medidas prontas de seguridad, algo así como toques de queda, que aumentaron la represión en el país.

Por tal razón nadie sabe dónde se ubicaba la casa en la que ahora estamos hablando el Pepe y yo. Mientras menos información se maneje, mejor. La compartimentación de la información es vital para la organización: si alguien cae preso no podría cantar a los compañeros que no conoce, ni a los lugares que no sabe dónde quedan. Esa es una de las características que la guerrilla uruguaya exportaría a Costa Rica, por ejemplo, muchos años después, cuando algunos tupamaros llegaron a compartir experiencias con el Movimiento Revolucionario del Pueblo y con el grupo llamado “La Familia”.

Al oír el disparo del revólver me quedo viéndolo en la mesa, sin levantar la mirada. Lo maté, me digo. Qué cagada, me digo. Pienso que pesará sobre mí la responsabilidad para siempre de haber matado a uno de nuestros hombres más valiosos. No solo era fundador de la organización, ya era uno de sus principales referentes estratégicos. Era de los viejos: tenía 35 años. Y ahí, en ese segundo, se me viene a la cabeza lo más terrible de todo: sin él no ganaremos la guerra que ya declaramos a la injusticia y a la desigualdad. Lo maté. Se acabó. Maté al Pepe, a mi compañero, a mi comandante, me digo.

Todo eso pienso, aún sin levantar la mirada, en los siglos que transcurren en el segundo tras el disparo.

Podría haber pensado también que le ahorraría al Pepe doce años de calabozo, doce años de torturas inimaginables, doce años de ser rehén de una dictadura fascista y cruel, que llenó de horror al país; pero no lo podía saber. Le habría ahorrado eso al Pepe, pero no al país. En ese momento ni yo, ni nadie, podría adelantar qué pasaría en el futuro inmediato. No podría saber que estaríamos acabados militarmente dos años más tarde, que muchos de nosotros caeríamos presos, torturados, otros desaparecidos, otros muertos y miles, miles, en el exilio. No pienso ni siquiera en mi esposo que, unos meses antes, fue asesinado por la espalda con las manos en alto, no. Tampoco pienso en el futuro. No pienso en eso, ni sé lo que va a pasar, ni siquiera sé lo que está pasando aquí ahora.

En este instante inmenso jamás podría haberme imaginado al Pepe presidente de la República. Quizás unos años antes, cuando soñábamos una sociedad nueva, un mundo nuevo, sí podría haber pensado en mis compañeros dirigiendo una sociedad justa, un país con distribución equitativa de la riqueza, sin las injusticias que ahora vemos y contra las que luchamos.

Años más tarde, muchos, cuando vea al Pepe con la banda presidencial en el pecho no podré dejar de pensar en aquella tarde de martes y en el sonido estruendoso y metálico del revólver 22. Asumirá como presidente el primero de marzo del 2010, el segundo mandato de la fuerza política Frente Amplio, dentro de la cual los Tupamaros crearán el Movimiento de Participación Popular (MPP) que antes llevará a Mujica al Parlamento varias veces. Será el primer tupamaro diputado. Pero de esos incalculados acontecimientos yo aún no tenía ni idea. Hoy faltan 40 años para que todo eso suceda.

La presidencia de Mujica se caracterizará por una legislación muy avanzada. No será obra exclusiva del Pepe, no, será una construcción colectiva de una sociedad que siempre fue vista como progresista.

No por nada el presidente de Costa Rica, José Figueres Ferrer, destacará a Uruguay como uno de los dos países más progresistas de su época. En 1971, en su segunda presidencia constitucional y en una carta a una costarricense, don Pepe, el tico, resaltará a otro don Pepe, al expresidente uruguayo José Batlle y Ordoñez, como una figura de avanzada de principio del siglo XX. En Uruguay desde 1904 se hacen consultas populares, en 1917 se separó a la Iglesia del Estado, desde 1927 votaban las mujeres, desde 1911 se permitía el divorcio e, incluso, entre 1935 y 1938 se permitió el aborto.

En el futuro, en la presidencia de Mujica se aprobará nuevamente el aborto, se legalizará la marihuana, se permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo, además de otras legislaciones de avanzada. Aparte de esas iniciativas polémicas, Mujica, en sus cinco años como presidente, habrá bajado el nivel de pobreza; aumentará el empleo, aumentará el ingreso promedio de la población y, también bajo su presidencia, se habrá diversificado las fuentes de energía del país. Mujica entregará el gobierno con una pobreza extrema casi inexistente, del 0,5%. También se aprobará una ley de medios que permitirá un proceso de socialización de la comunicación que estará aún inconclusa cuando deje su presidencia en 2015.

¡Me dieron un arma cargada!, me sorprendo mientras aún no asimilo la dimensión de lo que acaba de ocurrir tras el disparo involuntario. Todos sabemos, o deberíamos saber, que uno no le entrega un arma cargada, y amartillada, a otra persona. También sabemos, o deberíamos haber aprendido, que uno no toma el arma acercando el dedo al gatillo. Esa seguidilla de errores me tiene aún con el alma en vilo.

¿Por donde va el disparo? Me pregunto yo misma tras el estallido. Aún no lo quiero saber, no quiero saber en qué parte del cuerpo del Pepe se aloja esa bala, no quiero saber ni el dolor ni el sufrimiento de una de las personas más queridas de la organización.

No puedo, insisto, ni imaginarlo: en las elecciones del 2009 el Pepe será el más votado de todos los candidatos presidenciales de la historia. Eso no se construiría de la noche a la mañana. El Pepe será el producto de un país, su circunstancia y las historias que lo atravesaron.

Hoy el Pepe aún no es El-Pepe. Hoy el Pepe podría dejar de ser El-Pepe-que-será, si la bala realmente logra alcanzarlo.

Antes de ser El-Pepe-que-será, habrá pasado de la cárcel a la militancia política renovada; luego a la diputación, luego al senado; de allí a un ministerio, vuelta al senado y, tras ser proclamado como candidato de la izquierda, a la presidencia.

Durante su administración varios ex compañeros del MLN lo criticarán con fuerza. Le pedirán más coherencia, le exigirán más izquierda, le recordarán su ruta al socialismo. Yo misma le escribiré una carta abierta reclamándole su decisión de dejar casa por cárcel a sus propios torturadores.

De todas formas, Mujica se transformaría, con el tiempo, en un personaje de fama mundial como ningún otro presidente de Uruguay y del mundo. Su aire de filósofo, de hablar pausado, de cada palabra meditada y de discursos profundamente humanos en los que destaca el valor de la vida, del tiempo y de vivir de forma austera lo colocarán como un modelo a seguir por miles y millones de jóvenes en todo el mundo.

Años más tarde el Pepe, ya siendo El Pepe-que-el-mundo-conocerá, dirá que haber pasado 12 años encerrado en calabozos, en condiciones extremas y bajo tortura permanente, le generaron la perspectiva sobre la vida que tendrá. “Fue la etapa más importante de la creación de mi pensamiento” dirá ante un periodista español que viajará a Uruguay solo para entrevistarlo y cuyo video en Youtube sobrepasará los dos millones y medio de vistas. “Me di cuenta que para vivir no es necesario tener cosas, que las cosas que consumimos las compramos con vida, con la venta de nuestro tiempo, que es el trabajo”, dirá a modo de filosofía popular y enseñanza de vida.

Hoy, al frente mío, el Pepe no tiene un discurso filosófico, hoy es el estratega militar y político el que me habla. Cuarenta años después, en varias entrevistas y discursos, repetirá “pobre es el que necesita mucho para vivir”, una frase de Séneca que se convertirá en mantra de vida y que hará que El Pepe sea conocido en el mundo como el presidente más humilde, aunque le digan “el más pobre”.

Con su fama a cuestas emprenderá una cruzada intelectual contra la mercantilización de la vida y el consumismo. En las Naciones Unidas brindará uno de los discursos más aclamados, allí mencionará que “el hoy real nació en las cenizas fértiles del ayer” y se asumirá como producto de la historia y de sus errores. Ese discurso del 9 de setiembre de 2013, de 45 minutos, alcanzará millones de descargas en Youtube y confirmará la fama mundial del Pepe Mujica como un filósofo y será aplaudido en cada sitio donde vaya. Antes, en Río de Janeiro, el 20 de junio de 2012, brindará otro célebre discurso en defensa de la naturaleza y el ambiente que también llegará a millones de personas. Yo ahora no sé, lógicamente, qué es el internet o Youtube, estamos en 1970. Es martes, acabo de disparar involuntariamente al Pepe y estoy aterrada.

Ahora, sin levantar la vista aún, espero un grito, una señal, algo que me conteste la pregunta inicial: ¿acabo de matar al Pepe? Por ahora, en ese segundo eterno, me sigue pasando por la mente cada momento reciente con él, como si fuera una película. Veo, como en cámara rápida, cada interacción que tuve antes con el Pepe. Pasa, por ejemplo, delante de mi vista un reloj que me dio.

- Petisa, tengo algo para vos. Es algo que recorrió muchas manos salió de la prisión y pasó por unas cuantas personas con el encargo de que "debía llegar a vos", me dijo en aquella oportunidad.

Tenía en sus manos un reloj que varios años antes yo le había entregado a un compañero. Era uno valioso que mi padre me había regalado. Yo se lo había entregado sin miramientos a ese compañero que luego cayó preso. Mi reloj, tal como me dijo el Pepe, había pasado de mano en mano, hasta volver a mí.

También pasa por mi mente el asalto a un banco que un tiempo antes realizamos bajo la comandancia de Mujica. En aquella oportunidad, a mí me tocaba un rol particular.

- Petisa, me dijeron, vos tenés que ponerte entre las balas y el Pepe. Si abren fuego, vos contestas y le das tiempo al Pepe para que salga rajando.

Esa había sido la orden. Yo sabía que podía morir.

En la rápida sucesión de imágenes con interacciones previas con el Pepe no pasaba por mi mente una que ocurrirá quince años después. Yo volveré a Uruguay luego de un largo exilio de 12 años. Recordaré más adelante que lo primero que quería hacer era verlo al Pepe. Verlo y decirle que no podía olvidar aquel momento del ¡pum! del revólver calibre 22. Lo veré y le diré eso. Él dará cero importancia al evento, de hecho no lo recordará y me dirá:

- Petisa, las mataduras no te hacen mella, y pasará su mano por mi pelo.            

Él tendrá 50 años en 1985, recién saldrá de la cárcel. Yo tendré 36 y estaré volviendo del exilio. El país será una extraña mezcla de esperanza, efervescencia y miedo. Esperanza porque la dictadura habrá caído y todo estará por construirse. Efervescencia porque los espacios de libertad florecerían en lo cultural, sindical, político, académico y en todos los espacios de la vida. Miedo porque el largo período de dictadura apenas habrá terminado y la endeble democracia podría quebrarse en cualquier instante. El aparato militar estaba intacto y ellos, que habían tenido el control de todo en todo el país, lo seguirían teniendo. De hecho habría militares en el gabinete del primer gobierno democrático de Julio María Sanguinetti.

Los tupamaros saldrán de prisión, volverán del exilio y se reagruparán y tomarán la decisión de continuar la lucha por la justicia social por la vía que fuera posible.

Yo no lo sé hoy, pero lo siento. Hoy, este martes y en este instante, siento una fuerte identidad y pertenencia a este proyecto revolucionario, a tal punto de pensar posible dar la vida. Ser tupamara no se me quitará nunca, después sabré, aunque en algún momento viva desligada a la organización. Ser tupamara es hoy y será siempre un sentimiento. Para mí será la búsqueda permanente de la equidad, de la justicia, de la eliminación de las diferencias económicas oprobiosas en la sociedad. Todo eso reflejado en la frase tupamara “habrá patria para todos”, años más tarde yo misma le agregaré “y para todas”.

Hoy estamos en otra situación, yo todavía estupefacta tras el estruendo del revólver. En ese momento no sé nada del futuro, ni me importa. No sé que el 17 de marzo de 1985, en un acto del recientemente reestructurado Movimiento de Liberación Nacional, Mujica tomará la palabra y dirá “sólo una actitud democrática permitirá una maduración política masiva, de esa inmensa potencialidad; hay que ser democrático, tremendamente democrático… si desgraciadamente a esa democracia de primavera nos la roban… sí, absolutamente sí, desgraciadamente, sí: tendremos que agarrar otro ‘fierrito’”, refiriéndose a las armas. Los tupamaros habrán dejado de lado el camino armado para la conquista del poder, pero no lo habrán descartado por completo.

Las armas que hoy utilizamos estarán apartadas de la práctica de los tupamaros. Veinte años después de ese discurso otras armas, como el trabajo político y el tejer permanente del Pepe, darán sus frutos. El Frente Amplio, coalición de partidos y organizaciones de izquierda alcanzará el poder con más del 50% del electorado. Los tupamaros, bajo nombres y alianzas como “MPP” y “Espacio 609”, tendrán a su cargo diputaciones, curules del senado, ministerios y decenas de puestos más en el gobierno. Mujica será ministro de Agricultura entre 2005 y 2008. Lo que hoy es una utopía habrá sucedido: los tupamaros están en el poder.

En ese primer gobierno del Frente Amplio, Mujica será muy escuchado entre propios y extraños en Uruguay. Una de sus decisiones como ministro será establecer un tipo de corte de carne muy popular a un precio rebajado para que la gente pueda comer carne barata en el país de la carne. El “asado del Pepe” se llamará en las carnicerías. Crecerá su popularidad.

Ahora, en este instante, sé que tengo en frente al Pepe que sabe comunicarse con los viejos y los jóvenes. Lo que no sé es que él será factor decisivo en mantener al MLN entero, incluso frente a riesgos de fractura organizacional a la vuelta a la democracia en 1985. En un momento en que los tupamaros se debatirán entre buscar ser un grupo de proletarios, vanguardista, o buscar la integración de un frente grande de izquierda plural, quizás más reformista, Mujica actuará como una bisagra entre grupos que parecerán antagónicos: entre viejos y jóvenes, entre las distintas tendencias internas de la organización e incluso entre el propio MLN y otras fuerzas de izquierda. Será capaz de articular las posiciones más extremas porque entenderá las historias y dramas de los viejos; pero también entenderá los planteos nuevos de los jóvenes.

Todo eso será parte del futuro que hoy no podemos conocer. Hoy sigo pensando que ya nada de eso podrá suceder y que quizás por un error mío habremos perdido. Me aterrorizo. Es un segundo en el que creo que nunca debí haber nacido. Pero en la revolución se entrega todo, se arriesga todo, lo sabemos y bailaremos con eso.

Tampoco podemos saber que pocos meses después del episodio con el 22 cargado, el 23 de marzo de 1972, el Pepe recibirá, ahora sí, seis tiros en su cuerpo. Será cerca del Bar La Vía en la calle Monte Caseros esquina Larrañaga, pero en esta ocasión de parte de un policía que buscará detenerlo por cuarta vez.

Creeremos que habrá muerto. De hecho, decenas de compañeros ya lo darán por muerto mientras el Pepe luchará por recuperarse en la camilla del hospital militar, detenido. Esta vez no podrá escaparse de nuevo como lo habrá hecho dos veces anteriormente. Esta vez permanecerá 13 años preso, 12 de ellos en las condiciones más indignas de la existencia humana.

Pepe Mujica será rehén de la dictadura. Esto quiere decir que, si alguno de la organización afuera cometía alguna acción armada o conspirativa, los militares lo matarían. Pero también significará que será sometido a golpizas y torturas diarias, que no podrá hablar con nadie durante años, que permanecerá por largo tiempo en un espacio de un metro por dos de alto incomunicado, que estará siete años sin poder leer. Lo someterán a torturas psicológicas y físicas, estará al borde de la muerte.

Todo eso sucederá después. Ya el ruido del revólver que apenas tomé de la mano de un compañero que interrumpió nuestra charla se apaga en mi cabeza. Ahora tengo que enfrentar la realidad. ¿Qué pasó con el disparo? Levanto la mirada hacia el Pepe y el único grito que escucho es:

- ¡Gurisa de mierda!, y me manotea el revólver.

Yo respiro aliviada, nunca he recibido una regañada con tanto gusto.

No, no acabo de matar al Pepe. Si lo hubiese hecho creo que la historia del Uruguay se habría contado de otra manera, definitivamente. El mundo no habría conocido al hombre humilde, que vive como piensa, que piensa como vive y que promueve el valor de la vida y la dignidad. El hombre que pondrá a la izquierda latinoamericana en otro lugar, uno diferente al de otros líderes históricos. El hombre que tras ser presidente no querrá reelegirse y perpetuarse en el poder. El hombre que tras haber pasado encerrado una parte importante de su vida saldrá a la luz pública con nuevos bríos, sin rencores, y con nuevas ideas para volver a emprender la lucha por un mundo más justo. El hombre que seguirá creyendo en el socialismo.

El Pepe toma el arma y, con pericia, la vacía. Entonces me la entrega nuevamente y resta importancia a ese segundo que para mí fue eterno.  Y, como si no hubiera ocurrido nada, me dice:

- Ahora sí, Petisa, ¿de qué me querías hablar?  

Me mira con sus ojos claros, se sonríe de costado y me muestra su cara de pícaro, esa que nunca se le quitará, esa que hace cuando es visto sorprendido en alguna fechoría o travesura.

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