Vacaciones idílicas en Qatar, pero sos mujer

Aeropuerto de Doha, QatarOpinión, 12 de noviembre de 2020. Fernando Francia. Imaginate que estás de vacaciones. Pasaste unos días maravillosos en uno de los lugares más exclusivos del planeta. Acabás de visitar Doha. Pero algo sucederá que te cambiará tu vida para siempre. Y poca gente conocerá esta historia que vos estás a punto de contar al mundo. Sos mujer. 

Admiraste la ciudad moderna elevada entre desiertos y playas. Pudiste visitar el desierto en lujosos hoteles, paseos en camello y todo lo que hacen los turistas de categoría, como vos, en establecimientos cinco estrellas. Había sido tu paseo de ensueño desde décadas. Al fin lo pudiste hacer. Admiraste tanto ese desierto anhelado como la arquitectura del antiguo barrio de “Bastakya” con sus casas tradicionales y las torres de viento que sirvieron en el pasado como sistema natural de aire acondicionado. Lo hiciste con tu compañía preferida, estar juntos en esos momentos es el máximo placer y un lujo que siempre te quisiste dar. El paseo no pudo estar mejor. Una semana bien invertida: descanso, lujos y hermosas vistas. Una ciudad moderna enclavada en el medio oriente en pleno golfo pérsico.

Sos Jessica, una enfermera australiana, tu paseo acaba de terminar y, con una sonrisa inigualable, ya estás en camino de regreso a casa. Pasaste por las modernas instalaciones del Aeropuerto Internacional Hamad y ya estás sentada en tu vuelo de Qatar Airways. El cansancio puede verse en tu cuerpo, pero vas contenta.

Y de repente.

Entran policías a la nave y ves que comienzan a sacar a algunas mujeres. Oís discusiones. Nadie entiende qué pasa, pero las mujeres van saliendo con sus pasaportes, solas. Pensás "ya me tocará a mí". Aquí estás en tu asiento 18, pasillo, y vienen. "¿Vendrán por mí? No he hecho nada, no entendería por qué", pensás. Y sin tiempo para pensar más nada, sentís las manos de un policía en tu hombro, también vos tenés que ir. ¿Qué pasa? Nadie entiende nada, vos tampoco. Tu pareja trata de detenerlos, de hablarles, pero es inútil. Te van guiando para que salgas, siguen hablando en árabe. Nadie puede ayudarte.

¿Qué está pasando? Nadie entiende. Te llevan. No has hecho nada y te llevan. No querés obstruir a las autoridades, pero sabés muy bien que lo que hacen es una injusticia. Has pasado unas fenomenales vacaciones, pero ahora todo está arruinado. No sabés qué va a pasar.

Mientras te arrepentís de haber viajado a un lugar así, mientras pensás que habría sido maravilloso vacacionar en otro destino, estas frente a una ambulancia. Ves cómo sale una mujer adolorida, vestida, pero con notable dolor entre las piernas. En su rostro se ve furia, rabia, dolor.

Es tu turno, ¡a la camilla! Te dicen cosas que no entendés y te obligan a bajarte los pantalones y ropa interior. Si no colaboras será peor. Pasaron apenas unos minutos entre la felicidad total a la impotencia absoluta. Una mujer te examinará, la ves, tratás de pedir explicaciones, pero no hay nada que hacer. En la ambulancia hay otra australiana, las ventanas no son polarizadas y, al menos, hay una veintena de hombres alrededor.

Ahora estas con los pantalones abajo, acostada, y sin siquiera poder entenderlo: un examen interno entre tus piernas. ¡Es una violación! pensás.

Tratas de que alguien te explique, casi nadie habla inglés. Una mujer, que presumís puede ser enfermera dice " se encontró una bebé en un basurero de un baño, necesitamos testearte". "¡Increible!", pensás. "¿Qué tipo de país es este?", decís para vos misma entredientes "¿Cómo pueden violar así los derechos de las mujeres?".

¡No pueden hacer esto! gritas, mientras pensás que te podrían estar diciendo "podemos hacer lo que queramos", aunque no entendés nada. Todo es brusco, doloroso, indignante, inhumano. No sabés nada. Te empujan y estas fuera de la ambulancia, mirás a los ojos a la siguiente, no decís nada, solo le adelantás con la mirada la tortura que pasará, la fila es larga, no los contás, pero sabrás luego que habrá casi veinte mujeres, la mayoría como vos, australianas.

Horas después, llegando a tu casa, todavía no entendés cómo nada ha pasado tras un incidente que nunca habrías imaginado vivir. Vos, Jessica, te juntaste con las otras mujeres violentadas, hicieron grupos de whatsapp, denunciaron ante las autoridades y la prensa.

Pero nada sale sino hasta el domingo 25 de octubre, ¡23 días después! en el canal 7 de la televisión local.

Al lunes siguiente ya salía en The New York Times y The Guardian, y las autoridades australianas pidieron cuentas a las autoridades de Qatar por sus trece conciudadanas violentadas en sus derechos más básicos. Más tarde las autoridades qataríes lamentaron lo sucedido. Pero ya todo estaba hecho.

Luego sabrías que en Qatar estar embarazada sin estar casada es un crimen que se paga con cárcel. Imaginarás que alguna mujer, temiendo un futuro incierto y, muy probablemente, violaciones a sus derechos más básicos, tomó una decisión entre la espada y la pared. Te la imaginarás sufriendo por su condición de mujer en un país y una región que vulnera permanentemente su condición de humanidad.

Pensarás: "¿a qué autoridad local del aeropuerto puede ocurrírsele que un bebé prematuro en un baño puede ser producto de una turista extranjera que está a punto de salir del país? Pensarás en las injusticias a las mujeres y en la necesidad de equidad, de justicia y todo lo que falta para que vos, y todas las mujeres, no sean ciudadanía de segunda.

 

 

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